La Historia de la Albirroja – Campeones de Lima 1953

Paraguay Campeon de America

A CINCUENTA AÑOS DE LA CONQUISTA DE LIMA

Escribe José María Troche (Diario ABC Color
Marzo del 2003

Cuando las últimas horas del Miércoles Santo de 1953 nos sacudían con la noticia de la conquista de nuestro primer campeonato sudamericano de fútbol, una ola de euforia inundó a todo el país. Es que desde hacía al menos tres campeonatos anteriores, la albirroja se codeaba con los grandes y en más de una ocasión -como en 1947 y en 1949- estuvo a punto de ser campeón.

Pero, entonces la suerte fue esquiva y no supimos definir a nuestro favor los partidos claves, tal como ya aconteciera en 1924, en Río de Janeiro.

Un cálido recuerdo

En aquella noche histórica, se reunieron en la figura de Riquelme, Herrera y Olmedo; Gavilán, Leguizamón y Hermosilla; Berni, López, Fernández, Romerito y Gómez, todos los nombres de quienes a lo largo de la historia -hasta entonces- hicieron mucho por engrandecer al fútbol del Paraguay.

Allí estaba un legendario futbolista y segundo DT de la historia de la Selección, como Manuel Fleitas Solich, dirigiendo al equipo y tomándose ante Brasil la revancha por los campeonatos perdidos, en 1924 como jugador, y en 1949, como DT. Allí estaban también los 8 jugadores que restaban del plantel de 22, porque Maciel, y Cabrera abandonaron el campeonato tras el violento partido contra Perú, que empatamos 2-2, pese al árbitro, pero que perdimos en protesta, y Milner Ayala, expulsado del torneo por haber agredido al árbitro.

paraguay-campeon-de-america-1953Domingo Martínez, Silvio Parodi y Luis Lacasa también jugaron aquella noche. Y, en el banco, dando ánimos a sus compañeros estaban Rubén Noceda, Alejandro Arce, Derlis Molinas e Inocencio González.

Pero en el ambiente flotaba el recuerdo, no solo de quienes entraron en la historia y permanecen en el recuerdo, sino de muchos otros más.

¿Cómo olvidar en ese momento a figuras de la talla de Gerardo Rivas, Aurelio González, Delfín Benítez Cáceres, Portaluppi, Modesto Denis, Sinforiano García, Hincho Villalba, los hermanos Erico, Armando y Enrique, ya que Arsenio nunca jugó por la Selección, los Rivas, los Etcheverry, Alejandrino Genes, José-í Ocampos y tantos otros?

Aquella noche mágica, la bandera tricolor subió a lo más alto del podio sudamericano, y la albirroja querida se coronó con absoluta justicia como la mejor selección de Sudamérica.

Con esta nota, iniciamos una serie que nos permitirá recordar, paso a paso, día a día, cuanto aconteció en aquel torneo cuyo puntapié inicial se dio la noche del 22 de febrero de 1953.

La conquista de Lima no fue fruto de la casualidad. Fue el resultado de una serie de brillantes actuaciones entre 1946 y 1953. En efecto, Paraguay fue tercero en el sudamericano de 1946. No hicimos nada extraordinario: le ganamos a Bolivia 4-2, a Uruguay, 2-1, y empatamos con Brasil, 1-1.

Luego llegó el campeonato ordinario de Guayaquil, en diciembre de 1947. No jugó Brasil. y llegamos al segundo lugar, detrás de Argentina, contra cuya selección debutamos desastrosamente: 0-6. pero nos recuperamos, y tras empatar con Perú 2-2 (José Domingo Villalba y Leocadio Marín), le ganamos sucesivamente a Uruguay 4-2 (Genes 2, Marín y Villalba); a Bolivia 3-1 (Marín, Avalos y Genes); a Colombia, 3-2 (Villalba, 2); a Chile, 1-0 (Villalba) y a Ecuador 4-0 (Marín 3, y Genes).

En el ’49 no estuvieron los argentinos y volvimos a ser segundos, esta vez, después de empatar el primer lugar con Brasil.

Empezamos bien, venciendo como era costumbre entonces, a Colombia 3-1(López Fretes 2, y Duilio Benítez), a Ecuador 1-0 (Alejandrino Barrios); a Perú, 3-1, (Barrios, López Fretes y Dionisio Arce), a Chile 4-2 (Arce 3, y Benítez), a Bolivia 7-0, (Benítez 4, Arce 2, y Pedro Fernández), y a Brasil 2-1 (Casimiro Avalos y Barrios). Perdimos con Uruguay 2-1 y terminamos igualados con Brasil, con 12 puntos. En el desempate, dicen que si no hubiera sido por Sinforiano García, el partido hubiera sido más catastrófico que el 7-0 que nos propinaron.

Con esos antecedentes fuimos a Lima, aunque para los periodistas de la época, no era la mejor selección.

La preselección fue convocada a principios de noviembre de 1952, cuando se jugaba la quinta fecha de la segunda rueda del campeonato mayor y entrenaba una vez por semana, en Puerto Sajonia. Desde un principio, don Fleitas tuvo en mente el equipo que finalmente fue titular. Solo que, a principios de enero, se dispuso que dos que jugaban en Colombia y que habían vuelto al país, se sumaran a la Selección: Angel Berni y Atilio López.

Antes que este fuera confirmado, el que estaba era Jorgelino Romero.

Tras un receso desde mediados de diciembre, los jugadores fueron llamados para el 8 de enero de 1953 para empezar 82 días de concentración, hasta el 3 de abril, que se produjo el regreso a Asunción.

El 15 de enero, Fleitas Solich, quien dio la lista de los 22 que viajarían a Lima: Goleros: Adolfo Riquelme y Rubén Noceda; Backs: Robustiano Maciel, Antonio Cabrera, Melanio Olmedo y Domingo Martínez; Halves: Manuel Gavilán, Victoriano Leguizamón, Ireneo Hermosilla, Alejandro Arce, Derlis Molinas y Heriberto Herrera; Forwards: Angel Berni, Pablo León, Atilio López, Luis Lacasa, Rubén Fernández, Inocencio González, Juan Angel Romero, Milner Ayala, Antonio Ramón Gómez y Silvio Parodi.

Tras entrenar tres veces por semana, la primera parte de la delegación viajó el 15 de febrero, y el resto, el 18. El torneo iba a empezar el 22 de febrero, un domingo, con un único partido: Perú-Bolivia.

Lo que debió ser una fiesta para Perú, casi termina en tragedia, pues ante la sorpresa de todo el Estadio Nacional, Bolivia anotó sobre la hora y dio la primera sorpresa del torneo, venciendo al local 1-0.

El debut de Paraguay estaba fijado para el miércoles 25 de febrero ante Chile, en el primero de los dos partidos de la noche. El segundo iba a estar a cargo de Bolivia y Uruguay.

La fiesta comenzaba para nosotros…

Puntualmente a las 20:00 empezó el partido. Rubén Fernández tocó a la derecha, para Atilio López y este, más atrás, a Gavilán, que sacó un largo pelotazo sobre la derecha para la entrada de Berni. Fue el primer susto para Livingstone. Un “Resonante Triunfo Alcanzó Anoche Paraguay en Lima: 3 a 0″, decía La Tribuna, el día siguiente, y con elogiosos conceptos, explicaba el redactor el partido, seguido por radio.

“El primer tiempo fue de mucha marca y poca brillantez en el juego” y seguía: “Un comentarista chileno expresó que la representación trasandina estaba cumpliendo un papel muy bajo, elogiando la labor paraguaya, cuya delantera llegaba al área chilena con mayor facilidad”.

paraguay_1953Luego: “El segundo lapso fue para Paraguay, que desde el comienzo tuvo una actitud más ofensiva, desbordando a la defensa de Chile. Esto dio como resultado el gol de Rubén Fernández, a los 9 minutos, y el segundo, del mismo autor, a los 30. El tercer tanto fue de Angel Berni a los 33 minutos”.

Los protagonistas del encuentro fueron los siguientes:

Paraguay formó con: Riquelme, Maciel y Cabrera, Gavilán, Leguizamón, y Hermosilla; Berni, López, Fernández, Romero, y Gómez.

Chile: Livingstone, Farías y Cortés; Álvarez, Roldán, y Arenas; Augusto, Hormazábal, Cremaschi, Meléndez, Molina, Díaz.

Un debut con autoridad

El campeonato había empezado con todo. Ya se dio la primera sorpresa cuando Perú cayó ante Bolivia, en la primera fecha. Las victorias de Paraguay 3-0 ante Chile y de Uruguay, 2-0 frente a Bolivia, respondían claramente a la historia. Y se esperaba el debut de Brasil y de Ecuador.

Estos entrarían al torneo antes que los brasileños y, como era previsible, el calendario armado para el lucimiento de los organizadores, le tocaba debutar ante Perú, ansioso de reponerse ante su hinchada. Esto ocurría el sábado 28 de febrero y los peruanos tuvieron que poner toda la carne en el asador para evitar que se repitiera la tragedia del debut. Y con esfuerzo y mucha fortuna, sortearon el compromiso 1-0, con gol de Villamares y arbitraje del inglés Rodhen.

Al día siguiente, 1º de marzo, los paraguayos amanecieron muy sensibles por la fecha que se recordaba (cuando todavía se les daba pelota a los héroes) y el techaga’u se hizo sentir con fuerza. En prosecución del campeonato, estaba marcada una fecha con dos partidos: Uruguay vs. Chile y Brasil Vs. Bolivia.

Si se tiene en cuenta que Uruguay era el campeón del mundo (aunque no hayan integrado la selección los jugadores de Peñarol) se puede decir que la victoria de Chile por 3-2 fue también una sorpresa. Un jugador que sería gravitante para el resto del torneo hizo su aparición goleadora: Francisco Molinas, quien anotó los tres goles trasandinos y sería luego el goleador del campeonato. Los uruguayos hicieron el “tanto del honor” por medio de Morel y Balseiro.

Y Brasil, con la sangre en los ojos tras el fracaso del mundial, apareció como un huracán ofensivo y demolió a Bolivia 8-1, en la máxima goleada del torneo.

Varios que luego serían campeones mundiales, en el ’58, debutaron en ese torneo: Castilho y Gilmar fueron los goleros; los zagueros: Djalma y Nilton Santos, y Julinho. Los goles del ganador fueron obra de Julinho que anotó 4, y dos cada uno Pinga y Rodríguez.

Paraguay velaba armas a la espera del día miércoles 4 de marzo, cuando volvería a la cancha, esta vez para medir a Ecuador, el mismo día que se iban a enfrentar también Chile y Perú.

Los paraguayos pasaron bien relajados en Lima y ya superadas las tensiones del debut, Fleitas Solich se empeñaba en que el equipo fuera cada vez más rápido, sobre todo en sus movimientos, pues velocidad física había, y de sobra: Maciel “volaba” por su banda y era difícil superarlo, porque siempre terminaba alcanzando a su wing; y los delanteros, lo mismo. El nivel físico era óptimo, porque el ritmo de competencia era bien descansado.

Paraguay volvería a jugar una semana después del debut.

Aquella noche del 4 de marzo de 1953 fue una “noche en blanco” para los socios organizadores. Ni Perú pudo con Chile, ni Paraguay con Ecuador. Los locales completaban su tercer partido, sin poder encauzar su juego. Este 0-0 fue lapidario y la gente comenzó a impacientarse con el equipo local. Es que los hinchas son iguales en todo el mundo y ¿cómo aguantar tres partidos, con apenas un gol anotado?

Paraguay, confiado por el buen juego demostrado ante Chile y, sobre todo, por la halagüeña crítica de los periódicos locales, salió a la cancha a ganar el partido. Pero, ¡oh sorpresa!, se encontró con un rival que, habiendo visto a Paraguay en acción, aplicó una estricta marcación y, en rigor a la verdad, no dejó moverse al equipo de Solich.

Resultaron vanos todos los intentos que morían en los pies de los defensores y, cuando los “ágiles” (que así se llamaba a los delanteros) superaban la estricta marcación, quedaba como último escollo el golero Bonnard, de excelente actuación.

Fue la noche del cero. Una noche que le vino bien al equipo, pues el resultado bajó de las nubes a los jugadores que se dieron cuenta de que para ser campeones, había que hacer más que lo que ya se había hecho.

Fueron protagonistas de aquel encuentro:
Árbitro: Juan Vianna, de Brasil (el único no inglés del torneo). Paraguay: Riquelme; Maciel y Cabrera; Gavilán, Leguizamón y Hermosilla; Berni, López (Lacasa), Fernández, Romerito (Ayala) y Gómez. Ecuador: Bonnard; Sánchez y Enriquez; Marín, Izaguirre y Rivero; Balseca, Pinto, Marañón, Vargas y Río de la Torre (Guzmán).

La tabla de posiciones quedaba así: Paraguay, Chile y Perú 3; Brasil, Uruguay y Bolivia 2, Ecuador 1

Un cero para volver a la realidad

paraguay1953En Asunción en entusiasmo no había menguado pues los relatos radiales afirmaban que Paraguay había sacado un “heroico” empate ante “un difícil” rival. Pero los “contreras” criticaron duramente al equipo arguyendo que “se fueron a tomar un baño de mar que causa agotamiento físico”, aduciendo a eso, el inesperado empate.

Pero había que seguir adelante.

El torneo prosiguió el 8 de marzo, con otros dos encuentros: Bolivia (Halcón) y Ecuador (Guzmán) empataron 1-1, con gran alegría de los de la mitad del mundo que conseguían mantenerse invictos dos partidos consecutivos. Luego, para cerrar la jornada se enfrentaron los organizadores, Perú y Paraguay.

Aquella noche del 8 de marzo de 1953, fue la noche negra del fútbol paraguayo, la noche que pudo haber sido el principio de una verdadera debacle, pues frente al equipo local, el cuadro paraguayo fue miserablemente bombeado por el árbitro inglés que dirigió el partido, el tristemente célebre Robert Maddison. Robustiano Maciel, en una entrevista, recordaba así aquel partido:

“Nuestro equipo no podía jugar, nos cobraba de todo: faltas inexistentes, posiciones adelantadas inventadas, amenazas (que no entendíamos pero que por sus gestos suponíamos que nos iba a expulsar) a cada rato terminaron por ponernos nerviosos e impotentes”.

Paraguay perdía 2-1 al promediar la segunda etapa. Gómez Sánchez y Terry habían adelantado a los locales, y Rubén Fernández marcó el descuento. Sobre los 35 del segundo tiempo, tomó la pelota Rubén Fernández, en la mitad de la cancha. Amagó tocar sobre la derecha, pero enganchó por el lado opuesto, superando a Calderón. Con una potencia envidiable, superó a otros tres rivales y, por último, al arquero Asca. Con el arco en blanco, el empate estaba marcado. Pero, ¡oh sorpresa!, el míster inglés sonó el silbato y cobró… “un peligro de gol, digo yo”… señaló Maciel, quien recuerda que “un peruano se cayó, a raíz del amague y la gambeta”, pero nada más.

Protestaron todos. Mílner Ayala, que estaba cerca de dónde estaba Fleitas Solich, se dirigió al DT y le preguntó: Mba’e jajapóta? (¿Qué vamos a hacer?) y el veterano le dijo: “Tereho ejopy ichupe petei patáda” (dale un puntapié) y Ayala, ni corto ni perezoso, corrió como 50 metros y, de una soberana patada, derribó al árbitro que, al reponerse, dio por terminado el partido.

“Fue un desastre. Desde las gradas llovían botellas de Vidú (una gaseosa muy popular en la época) y todo tipo de proyectiles, amén de los incalificables insultos. Los jugadores paraguayos nos parapetamos entre el alambrado y una muralla, pero la lluvia de piedras y botellas proseguía. En una de esas, “Arpa Forro” Arce (que era enorme) tomó una botella y la devolvió a las tribunas provocando la estampida del público”.

Mientras tanto, el árbitro ya se había retirado, pero llamaron a Capurro, el presidente de la Liga, y este, junto con el presidente del fútbol peruano, le convencieron a Maddison, ya bañado y en ropa de calle, que volviera y terminara el partido.

El árbitro dio pique sobre la línea de gol y salvaron los peruanos. “En un contragolpe, se escapó Gómez Sánchez y ya entraba solo, frente a Noceda (que había reemplazado a Riquelme), pero pude recuperarme, porque yo era muy veloz, y llegué justo a tiempo para puntear la pelota y sacarla al córner, pero recibí tan tremenda patada, que no solo salí de la cancha, sino que, por la gravedad de la lesión, tuve que ser repatriado a Asunción, junto con Antonio Cabrera”, otra víctima de la violencia peruana.

Sobre la hora, empató Fernández, pero luego perdimos el partido… en protesta.

Una noche en blanco

Paraguay y Perú eran socios en el negocio de organizar el torneo, pero rivales a muerte -como todos- en materia deportiva. El partido entre ambos fue una batalla, no porque los jugadores se lo propusieran, sino porque el árbitro inglés, Maddison, hizo todo lo posible para perjudicarnos, según los protagonistas.

Lo peor de todo es que, recuerda Robustiano Maciel, que ‘‘nadie se dio cuenta de que hubo cuatro cambios, por los problemas, por la suspensión, etcétera. Y en la planilla tampoco figuraba’’. Afirma que ‘‘El diario El Comercio de Lima publicó, dos días después, que Paraguay había hecho cuatro cambios, lo que no estaba permitido por el reglamento del torneo. Pero, como no había anotaciones, nadie se dio cuenta. Noceda entró por Riquelme, en el arco; Herrera debutó, y se quedó en el equipo hasta el final, sustituyéndome; Mílner Ayala reemplazó a Atilio López y, por último, para reforzar la defensa, Arce entró en vez de Romerito’’.

En Asunción, Ar-gol volvía a sus ataques y preguntaba, no sin razón: ‘‘¿Cómo es que entre ocho delegados y el entrenador no sabían las reglas del torneo?’’. Lo cierto es que, reunidos los delegados, votaron a favor de otorgar los puntos a Perú, desestimando el hecho de que en el acta del juego no constaba, lo que le pudo haber dado la razón a Paraguay. Y, si no hubiera sido por la prensa, no hubiera pasado nada.

El doctor Capurro protestó airadamente y presentó un pedido de reconsideración, pero solo Uruguay votó por Paraguay y perdimos en la mesa lo que en la cancha habíamos obtenido.

Las cosas se ponían cada vez más negras.

Es que con esos puntos, Perú subía al primer lugar, con 5, relegando a los demás competidores.

El juego entre Paraguay y Perú (2-2) tuvo estos protagonistas:
Paraguay: Riquelme (Noceda); Maciel (Herrera) y Cabrera; Gavilán, Leguizamón y Hermosilla; Berni, López (Ayala), Fernández, Romerito (Arce) y Gómez. Perú: Asca, Allen y Delgado; Villamares, Heredia y calderón; Navarrete, Drago, Terry, Barbadillo y Gómez Sánchez (Rivero). Goles: Gómez Sánchez, Terry, Rubén Fernández y Angel Berni.

Costaba olvidar este tropiezo, pero no tenía sentido seguir con los plagueos, y hubo que poner muy buena cara al horrible tiempo que le tocó vivir a la selección. Porque además de la derrota, se rompió el romance que había con la hinchada peruana, que comenzó a hostilizar a los jugadores.

Mílner Ayala fue suspendido por tres años para participar en torneos sudamericanos y prácticamente le cortaron la carrera. Volvió a Asunción y a Ríver Plate, de donde fue transferido, un tiempo después, el fútbol francés, donde culminó su carrera deportiva. La vida, que le dio fama y buen pasar, le cobró con creces la factura del despilfarro, y murió tristemente, tras un accidente automovilístico, en Asunción, en el 2001.

El 12 de marzo estaba marcado el siguiente capítulo del torneo, y volvería a jugar Brasil después de once días de descanso. Enfrentó a Ecuador, con suficiencia, pero no pudo exponer la misma eficacia goleadora exhibida ante Bolivia y ganaron, es cierto, pero con un magro 2-0, fruto de los goles de Ademir y Claudio.

En nuestro camino estaba Uruguay. Ambas delegaciones se llevaban muy bien. Pero en la cancha fue a ‘‘cara de perro’’. Fue un partidazo.

Los nuestros, tocados en su amor propio por los hechos del partido anterior, salieron con furia a hacerse del partido. Y casi lo consiguieron. Pero Uruguay es siempre ‘‘hueso duro de roer’’ y, más aun cuando la misión es confiada a jugadores que no son estrellas.

Ese día el equipo experimentó la primera modificación en la estructura que había estado trabajando desde el 8 de enero: lesionados, Maciel y Cabrera, ‘‘Lecayá’’ (Viejo) como los jugadores llamaran a Fleitas Solich, convocó al muy joven Melanio Olmedo y a Heriberto Herrera, quienes serían titulares a partir de entonces, en la línea de backs.

Al final empatamos 2-2, con goles paraguayos anotados por Atilio López y Angel Berni, mientras que Balseiro anotó los dos de los charrúas.

Recordemos a quienes jugaron aquel día:
Paraguay: Riquelme, Olmedo y Herrera; Gavilán, Leguizamón y Hermosilla; Berni, Lacasa, Fernández, Romerito y Gómez (López).

La famosa protesta y otro empate

Los brasileños habían sido muy beneficiados con el calendario, pero como para poner las cosas en su lugar, fueron llamados de nuevo a la cancha tres días después: el 15 de marzo, para animar un único encuentro frente a Uruguay.

Ver en acción a los campeones y a los vicecampeones, frente a frente, siempre es atractivo y el público limeño se volcó al Estadio Nacional, aunque el favoritismo estaba decididamente de parte de los uruguayos, pues el rival a vencer para los peruanos era Brasil.

Ciertamente que el cuadro que empezó goleando 8-1 a Bolivia se había desdibujado bastante, y ante los uruguayos tuvo un rendimiento aun menor que el que había mostrado ante Ecuador y, aunque ganó, lo hizo por la mínima, pero tuvo que esforzarse al máximo para batir la portería de los orientales.

Ipojucán apareció y puso su nombre en el marcador, con el gol de la victoria. Un triunfo que le colocaba a Brasil en la cima de las posiciones, con 6 puntos, fruto de 3 victorias consecutivas, 11 goles a favor y uno solo en contra. En los números, no había nada que discutir. Perú tenía 5 puntos, Paraguay 4 y Uruguay 3.

El torneo se tornaba interesante.

A Paraguay le tocó jugar el día siguiente, 16 de marzo, también en jornada de un solo partido, frente a Bolivia. En realidad, a Paraguay ningún partido le fue fácil, salvo el primero, frente a Chile, cuando obtuvo una cómoda victoria por 3-0.

Los bolivianos, que aprendieron la lección ante Brasil, fueron muy cautos y prefirieron apostar a la marcación para defenderse y al contragolpe, para atacar. Paraguay tenía la obligación de ganar o, si no, el torneo se acababa allí mismo.

Fue un partido duro, difícil, trabado, en el que los bolivianos corrieron ya aclimatados al llano como nunca y no dejaron armarse al equipo paraguayo. Ugarte era una pesadilla para la defensa que debió esforzarse para contener los contragolpes.

Leguizamón, en el centro, junto con Gavilán trataban de impulsar a los “fóbales”, mientras los “insai” Atilio López y Romerito subían y bajaban, buscando brechas por donde penetrar en la defensa “bolí”. Así hasta que Romerito, primero, entrando por la izquierda, y Berni, después, en una escapada por la punta derecha, perforaron la meta rival y encaminaron a Paraguay hacia el triunfo. El peligroso Ugarte descontó para sellar el 2-1 definitivo. Los protagonistas de ese juego fueron: Paraguay: Riquelme; Olmedo y Herrera; Gavilán, Leguizamón y Hermosilla; Berni, López (Lacasa), Fernández, Romerito y Gómez. Bolivia: Gutiérrez, González y Bustamante; Cabrera, Santos y Vargas; Alcón, Mena, Héctor López, Ugarte y Brown (Sánchez).

El triunfo reubicó a Paraguay en el primer lugar, pero mientras a nosotros nos quedaba un partido por jugar, a los brasileños les sobraban tres y a Perú, dos. De manera que llegar al título era casi cuestión de milagros.

Paraguay y Brasil tenían 6 puntos y Perú 5.

El 19 de marzo se definiría la suerte paraguaya. Jugaban Chile y Ecuador, a primera hora, un partido que los chilenos, con Molinas a la Cabeza, liquidaron fácilmente por 3-0, con dos de Molinas y otro de Díaz.

En el encuentro de fondo, Perú enfrentó a Brasil.

Fue un juego vibrante, fuerte, con muchas tensiones. El árbitro inglés McKeena tuvo mucho trabajo, pero los brasileños se quejaron de nuevo del localismo.

Y fue victoria peruana, con un agónico 1-0, gol marcado por Navarrete, que creó un nuevo mapa de la tabla de posiciones, ubicando a Perú al tope, con 7 puntos, y dejando a Paraguay y a Brasil como escoltas, con 6 unidades cada uno. Pero el equipo que, finalmente, sería el barómetro del torneo, el que diría la última palabra, el que abriría las puertas para que Paraguay fuera campeón, era Uruguay, que a la sazón tenía solo 3 puntos, pero con 2 partidos por jugar, y estaba ya lejos del primer lugar.

A Brasil le quedaban dos partidos: frente a Chile y a Paraguay; a Paraguay le sobraba ese único contra Brasil, y a Perú, que era el líder, también uno: frente a Uruguay. Los charrúas tenían que jugar, antes de enfrentar a Perú en el cierre del torneo, con el bisoño equipo ecuatoriano.

Brasil sube y nosotros también

Unos días de tensa expectativa, nervios a flor de piel e innumerables especulaciones fueron los vividos entre el 23 y el 28 de marzo de 1935. Es que el campeonato entraba en su fase decisiva, y eran tres los equipos que directamente estaban involucrados en la lucha por el título: Brasil, Perú y Paraguay, en ese orden.

Brasil dependía de sí mismo: si ganara los dos partidos que le quedaban (Chile y Paraguay), nadie le podría dar alcance. Si Brasil patinara en un partido, y Perú le ganase a Uruguay, también sería el campeón. Y nosotros, además de ganarle a Brasil, teníamos que rezar para que no ganara Perú y así al menos llegar a una final. Las cosas estaban bien difíciles para todos, pues Brasil no era el súper equipo del ’49 ni el del mundial del ’50, y Perú ya había demostrado mucha fragilidad. Los uruguayos, con esa garra a flor de piel, les juraron a los jugadores paraguayos que le ganarían a Perú si nosotros necesitáramos ese resultado para llegar al título.

En la jornada doble del 23 de marzo, se dio la lógica: Uruguay goleó 6-0 a Ecuador, que, cansado, no aguantó el ritmo de los charrúas y sus buenos partidos anteriores se fueron por la borda. Méndez, Peláez, Morel, Romero, Puente y Balseiro anotaron la media docena celeste. Y, en el encuentro de fondo, Luis Molinas volvió a mostrar toda su jerarquía de goleador y mantuvo un empate a dos frente a los brasileños, que ya en los tramos finales del encuentro pudieron desnivelar.

Ganó Brasil 3-2, con goles de Baltazar, Julinho y Zizinho, mientras que Molinas y Cremaschi apuntaron para Chile. Este resultado catapultaba a Brasil al primer puesto, con 8 puntos. Perú, con 7, y Paraguay con 6 seguían teniendo aspiraciones. Con 5, a Uruguay solo le quedaba pelear por el honor, que para ellos era más valioso que el título.

Los peruanos, que al principio aceptaron que Brasil jugara descansadamente, prepararon la fiesta para su propio gusto: Brasil tuvo que volver a jugar contra Paraguay, el 27 de marzo, reservándose ellos, los peruanos, el gran final de fiesta, para el 28, frente a los campeones del mundo. Pero estaba escrito que Perú no sería campeón, porque perdió demasiados puntos considerados fáciles y obtuvo una victoria… en protesta.

La noche del 27 de marzo, era un jueves, y fue el único encuentro de la noche.

Era la despedida de ambos equipos. Brasil se jugaba el título, pues le bastaba imponerse a nuestro equipo para dar la vuelta olímpica. Llegaría a 10 puntos, inalcanzable para Perú, que tenía 7, pues en ese tiempo los triunfos daban solo 2 puntos y los empates 1. Había que ganar para seguir soñando.

Fleitas Solich mandó a la cancha el mismo equipo que había jugado desde que se lesionaron Maciel y Cabrera. Es decir que Paraguay formó con: Riquelme; Olmedo y Herrera; Gavilán, Leguizamón y Hermosilla; Berni, Atilio López, Fernández, Romerito y Antonio Ramón Gómez. Brasil: Castilho, Djalma Santos y Pinheiro; Nilton Santos, Danilo y Bauer; Julinho (Claudio), Didí, Baltazar, Zizinho (Ipojucan) y Rodríguez (Pinga).
El árbitro fue el británico Charles Dean.

Paraguay salió a marcar en toda la cancha. “A no dejar que jueguen porque con la pelota sabían más que nosotros”, según Atilio López. Pero aun así y todo, nos hicieron el primer gol. “Pero no nos entregamos. Seguimos luchando”, recuerda Angel Berni.

En el segundo tiempo, Paraguay comenzó a atacar más que su rival, aprovechando que ellos querían hacer pasar el tiempo. Empatamos con un bombazo de Atilio López y el partido se puso caliente. Pero la historia tenía reservado un puesto destacado a un excelente puntero derecho y extraordinaria persona cuyo nombre es Pablo León. Jugador de Guaraní, humilde y silencioso, poseía una gran habilidad y un potente remate. Pero en el puesto estaba de titular Angel Berni, con más experiencia, habilidad y goleador nato.

Sin embargo, León fue llamado por Fleitas Solich cuando faltaban cinco minutos para terminar el partido. El “Viejo” le dijo: “Tereho egana la partido (andá a ganar el partido)”, y León dejó la bolsa de agua con la que auxiliaba a sus compañeros y se metió.

En la primera jugada, salió un cambio hacia la izquierda y tomó la pelota Silvio Parodi. “Yo le grité como siempre hacía, ‘Valleeee’ (por Luque) y él entendió y me devolvió la pelota a la derecha. Vi que León podía entrar y le di una cortada. Pablito se metió con todo y anotó el gol que nos puso en la final del campeonato”, rememoró hace unos días Atilio López.

Y dice Bestard en su libro “Paraguay: Un siglo de fútbol (1996)”: “León jugó solamente cinco minutos, en toda su vida, por la selección, pero anotó el gol más trascendente de la historia de nuestro fútbol”. Con ese gol le dimos alcance a Brasil y había que esperar qué pasaría, en la última fecha, entre Perú y Uruguay.

Uruguay nos abrió la senda

Eufóricos por el triunfo, los paraguayos regresaron al hotel en medio de hurras y ¡pipuuus!, pero todos sabían -los jugadores y el DT, más que nadie- que todavía faltaba mucho para cantar victoria. Había que esperar que Uruguay nos pasara la mano, ganándole a Perú, lo que nos permitiría volver a medir a Brasil, ya por el título. Para ser campeón, pues, había que esperar el juego de la noche del viernes 28 y después… de nuevo contra Brasil.

En la apertura de la doble jornada, Chile y Bolivia animaron un partido de extraordinario dinamismo donde más que la gloria deportiva estuvo presente el orgullo nacional. Y ninguno de los dos quiso ceder un milímetro de terreno, por lo cual, al final, se dio un justo empate 2-2 tras noventa minutos fragorosos. Molinas, cuándo no, y Díaz marcaron para los trasandinos, y los goles del Altiplano fueron obras de Alcón y Santos.

Y después, desenterrando del polvo de la historia todas sus glorias y su garra inimitable, Uruguay demolió a Perú, aplicándole un lapidario 3-0 y confinándole, definitivamente, a compartir con los charrúas la tercera posición. Arriba, al tope, Paraguay y Brasil debían definir el campeonato en un único partido, el 1 de abril, Miércoles Santo, de 1953.

Ante un estadio repleto, el árbitro inglés, Ch. Dean, llamó al centro de la cancha a los capitanes, y los equipos formaron así: Paraguay: Adolfo Riquelme, Melanio Olmedo y Heriberto Herrera, quien se lesionó y fue reemplazado por Domingo Martínez. Manuel Gavilán, Victoriano Leguizamón e Ireneo Hermosilla; Angel Berni, Atilio López (Silvio Parodi), Rubén Fernández, Juan Angel Romero (Luis Lacasa) y Antonio Ramón Gómez (Inocencio González). Brasil: Castilho, Djalma Santos y Haroldo; Nilton Santos, Bauer y Brandaozinho; Julinho, Baltazar, Pinga (Ipojucan), Didí y Claudio.

Paraguay saltó a la cancha más fiero que la tormenta del desierto y como un huracán arrollador superó al rival en velocidad, contundencia y fuerza, no dejándolo ni respirar, como había instruido el viejo zorro, Manuel Fleitas Solich.
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“Por primera vez en el torneo, Paraguay tenía el público a su favor”, escribe Bestard, y en efecto, así fue. “No se había jugado mucho tiempo cuando, en una profunda carga y luego de un peloteo, Atilio López anotó el primer gol, en medio de una cerrada ovación”, dice el mismo autor.

La consigna era no dejarle jugar al rival y cargar con pelotas profundas, para desequilibrar en el fondo. La estrategia dio resultados: “Gavilán recibió la pelota -señala Bestard- en su propio campo, avanzó unos cuantos pasos y desde cuarenta metros despidió un furibundo tiro que se incrustó en un ángulo del arco brasileño. Fue el gol de su vida y el único que marcó con la Albirroja. En Asunción, era la locura desatada. La gente salía a la calle, nadie lo podía creer. La alegría se convirtió en delirio cuando, pocos minutos antes de terminar la primera etapa, Rubén Fernández convirtió el tercer gol”.

El título estaba en nuestras manos, pero, en el segundo tiempo, Aimore Moreira, el entrenador de Brasil, hizo unos cambios muy oportunos, sobre todo el de Ipojucan por Pinga, y entre el recién ingresado y Baltazar, armaron la contraofensiva brasileña. Ipojucán se adueñó del medio campo y copó la cancha con su exuberante fútbol, mientras, lesionado, Herrera era sustituido por Domingo Martínez y Baltazar comenzaba a mostrar todo su talento goleador. Antes de los veinte minutos ya Baltazar había anotado dos goles y la extensa diferencia de tres goles se había reducido solo a uno.

Y el delirio vivido, al cabo del primer tiempo, se convirtió en angustia, casi en desesperación, mientras los relatores se desvivían por narrar lo más inteligiblemente posible cuanto acontecía.

Hoy como ayer, en casos como este, la hora era el detalle más importante. El reloj no corría nunca y los minutos eran una eternidad.

En la cancha, Olmedo y Martínez se multiplicaban para impedir los remates. En el medio del campo, Gavilán y Hermosilla eran cancerberos implacables y, plantado en la mitad, Leguizamón administraba la pelota. Adelante solo quedaron Berni y Parodi, que entró en vez de Atilio, para el contragolpe. Para darle más fuerza, Lacasa entró por Romerito e Inocencio González sustituyó a un cansado Antonio Ramón Gómez.

El capitán, Fernández, era un hombre más en la defensa, mientras que en el arco, Adolfo Riquelme, que no tuvo chance para evitar los dos goles, clausuró la valla e impidió el empate más de una vez.

Cuando la larga noche del campeonato llegó a su fin, un prolongado, ronco y repetido grito de “Paraguay, campeón” evitó todo comentario de los relatores, al tiempo que la ciudad entera estallaba de alegría. Un increíble mbokapu, digno de un fin de año alegre y feliz, turbó la serenidad, la quietud y el silencio propios de la Semana Santa, y se convirtió en pagano festejo, bullanguero y mundano, del primer campeonato sudamericano logrado por la selección paraguaya de fútbol.

¡Paraguay, campeón!

El martes 1º de abril, el fútbol paraguayo conmemorará 50 años de su primera conquista internacional: El Campeonato Sudamericano de Fútbol, obtenido en Lima, en 1953. Dicho torneo fue organizado por la entonces Liga Paraguaya de Fútbol, ante la imposibilidad de realizarlo en Asunción, y el equipo paraguayo, dirigido por Manuel Fleitas Solich, obtuvo el campeonato, derrotando a Brasil en el encuentro decisivo por 3 goles (López, Gavilán y Fernández) contra 2 (Baltazar).

Campeones del 53 recuerdan 50 años de conquista de Lima

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Campeones de Lima, reunidos en fecha reciente en el domicilio de Angel Berni. Aparecen, de izquierda a derecha, Manuel Gavilán y Luis Lacasa (fila superior), Rubén Noceda, Melanio Olmedo, Atilio López, Angel Berni, Adolfo Riquelme y Robustiano Maciel

Para rememorar la época y prepararse para la celebración, se reunieron en la casa de Angel Berni, donde entre bromas y alegría evocaron la conquista. Estuvieron presentes: Adolfo Riquelme, Rubén Noceda, Robustiano Maciel, Melanio Olmedo, Manuel Gavilán, Angel Berni, Atilio López, y Luis Lacasa.

FERNÁNDEZ Y LEGUIZAMÓN

Al mediodía de ayer, sábado, arribó a Asunción, procedente de Buenos Aires, donde reside, el capitán de la selección del 53, Rubén Fernández. Vino para sumarse a sus compañeros en el festejo y en los recuerdos.

Asimismo, para mañana lunes es aguardado Victoriano Leguizamón, procedente de Concepción, donde se fue a vivir -su valle natal- desde que dejó la práctica activa del fútbol profesional.

LOS FESTEJOS

Este lunes los campeones se trasladarán a Ciudad del Este donde, por iniciativa de uno de los miembros del aquel recordado equipo, serán homenajeados. Al día siguiente, 1º de abril, se cumplirán los actos oficiales organizados por la Asociación Paraguaya de Fútbol que consisten en la celebración de una misa en la parroquia de la Santa Cruz, a las 18:30.

Luego, en el acceso principal del Defensores del Chaco, se realizará un acto de homenaje a los campeones, se descubrirá una placa que recuerda el cincuentenario del título y habrá un brindis en honor de quienes conquistaron el campeonato de Lima.

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